Se llama Saúl, como su papá, pero le decimos "Cha-u-ul". Tiene un año recién cumplidito y es también nuestro ahijado desde hace dos semanas. Como regalo a los nuevos compadres, nos ofrecemos a invitarlo a dormir una vez por semana; cosa que el Luis y yo gozamos. Llegan normalmente el "morro" (apodo común que le doy) con su mamá, Anne. El niño ya reconoce el departamento y desde que llega al estacionamiento ya sabe que viene a la casa de los tíos y estira las manitas como tratanto de alcanzar. Al llegar es todo juegos, con muchos lugares nuevos por explorar, a diferencia de su casa que ya se la sabe de memoria. Jugamos con pelotas, con unos peluches que simulan ser el Luis y yo, con unas letras de imanes que sólo se mete a la boca y avienta y hasta le doy cheerios para botanear. Como actividad nueva, el Luis se luce haciendo trucos en su patineta frente a él mientras el bebé rie a carcajadas. Me puedo adjudicar una de sus gracias, un nuevo paso de baile que yo le enseñé donde con gran entusiasmo mueve la cabecilla de lado a lado; más todas las otras gracias que tengo bajo la manga que muero por que aprenda. Es simpatiquísimo y muy inteligente pues nos trae a todos marcando el paso.
Cuando los papás se despiden de él y se van, nos quedamos los padrinos con los últimos rituales antes de llevarlo a dormir: el biberón, un posible cambio de pañal, y la creatividad para encontrar la nueva manera de hacerlo darse cuenta de que está exhausto y quiera dormirse. El de hoy fue pasearlo en su carrito-vochito frente a BabyTv. Lo vi cabecar y lo llevé al cuarto, pero en lo que entrábamos lloraba enojado. Dos veces sucedió. La definitiva fue cuando se golpeó la frente con el volante del carrito, eso indicó que ya era suficiente. Al cargarlo para llevarlo a su cuna emergente que hay en el departamento, mejor preferí tomar un momento para mí, para nosotros. Lo dejé dormir encima de mi pecho. Si nunca lo han intentado, ¡háganlo! Es muy relajante y hasta rejuvenecedor. Luego invité al Luis para que él tambien experimentara la dicha de tenerlo así: tranquilito, dormidito, respirando pesado y hasta suspirando; algo que nunca se podría lograr si el "morro" estuviera despierto. Ahora, sólo queda desear que se levante a una hora prudente mañana. Buenas noches.
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